23 julio 2011
Fui a preguntarle y dudó. Nada era tan fuerte como él, ni como nadie de su misma especie, pero dudó. Exuberante como un pavo real, mostraba sus alas verdes sin apenas dejarlas sentir, sin ruido, solo el bullicio del gentío con ansias de noticias se permitía romper la monotonía del momento.
¿Como es posible que tú no sepas que decir, Cohonesto?
Son preguntas que no debieran hacerse nunca a nadie, me dice mi amigo cafetuliano de esta madrugada, “afrontar la vida como viene, con toda su realidad, o ignorarla y hacer de ella un cuento del Gato con Botas o de Juan sin Miedo, no es una cuestión seria, Enrique”, me ha dicho muy serio, mi amigo Rachid, el cual cada vez que tiene que reprocharme algo, hace el gesto de juntar las palmas de su mano junto a su boca y agacha la cabeza a modo de algo que solo él sabrá lo que quiere decir, pero que a mi me suena a “eres un irreverente , Enrique” o algo así.
De vuelta, me he parado en la de san Pedro, si, esa que está subiendo la cuesta hacia el Holliday, esa preciosa y curiosa casa de oración cuya estampa me pirra y allí, sentado, me he puesto a buscar respuestas y en eso estoy. A lo peor no hay respuesta, a lo mejor es que no la hay, que las dos son lo mismo, en fin, quien sabe.

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