10 agosto 2011
Cuando te conviertes en un Rogelio contumaz, que no recalcitrante, te conviertes en eso que tanto criticas, es decir, pasas a convertirte en lo contrario que pretendes, pasas a ser una especie de Boixos Nois o, simplemente, un Ultra de la Peña Madridista de moda. La Historia es esa cosa que se escribe con sangre, con odio y, algunas veces hasta con imaginación, pero es cierto que dicen, demostradamente, que la historia deja siempre a todo el mundo en su lugar, en el que merece, y por eso Dios está en los altares y los Dictadores en su tumba y no al revés, y eso siempre es así aunque creas en el Dios que quieras creer.
Todo eso estaría muy claro si mi amigo, el contumaz, le hubiese prestado atención al reciclaje formativo al que todos nos tuvimos que someter a partir del 75, pues en nuestra infancia, en los libros de historia, ni en los de literatura, se hablaba de según que sucesos o de que personajes que hoy son ampliamente ensalzados y su obra vivamente difundida y que, simplemente, no estaban en nuestra vida formativa infantil por ser, exclusivamente, contrarios a los pensamientos del régimen de la época. Pero él, esta mañana, periódico sobre la mesa y carajillo de “El Mono” en mano, a sus 67, me contaba que...: “Mira, Enrique, los alemanes son unos verdaderos hipócritas y unos usureros, (traduciendo a legible lo que me ha contado), pues como coño se atreven a pedir, ahora, el oro que nos llevamos a Moscú. Que vayan a ver al Putin y se lo pidan, leñe”.
Hace poco un amigo Ibicenco, muy querido, me concluía uno de sus alegatos sobre la estupidez humana con una frase de Watterson que hoy tengo que ascender a los cielos para no envenenarme mas, incluso, de lo que pudiera estarlo cuando se habla del asunto: “A veces pienso que la prueba más fehaciente de que existe vida inteligente en el universo es que nadie ha intentado contactar con nosotros”.

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