01 agosto 2011

Te leo todos los días




01 agosto 2011


Los criticamos pero vivimos sus formas, es decir, hacemos lo mismo que ellos. Mi querida Sonia estuvo meses hablándome desde su “feis”, como ella lo llama, como si me conociera de toda la vida pero resulta que un día entré en detalles y me contestó: “No caigo, Enrique”, entonces le aclaré que yo era quien era y que habíamos sido fieles colaboradores de la cosa urbanística desde unos cuantos años atrás, ella desde lo público y yo desde la parte sufriente. Entonces mi querida y añorada amiga, en ese mismo instante, descubrió al otro Enrique, ahora yo ya era, para ella, dos Enriques distintos pero en una persona, la misma de siempre.

Muchos amigos, que no frecuento en demasía o al menos tanto como quisiera, me cuentan, no se muy bien por qué, aunque sospecho que lo harán por si algún día la casco sin que se enteren, que: “Muy bien, Enrique, te leo cada día y me encanta, no dejes de escribir, eres ya un referente para la opinión pública de hoy”, bueno, no es exactamente así, pero casi. Y yo, al igual que mi amigo IRR pienso que salvo los 42 de siempre, pocos lo hacen como dicen. Claro, Begoña, mi niño y otros 40 más lo hacen, ahí están los números, (entre 500 y 700 entradas diarias), pero la mayoría lo hacen como el cura de la Parroquia de mi infancia, en la que el hombre nos enterraba a golpe de preguntarle el nombre del muerto al que acompañaba al que mas lloraba en el duelo, en una clara manifestación de su don de gentes y su licenciatura en psicología.
Tengo la mala costumbre de poner en mis entradas del Facebook una foto de cualquiera de mis amigos y eso lo habré hecho unas tropecientas mil veces sin pregunta alguna de ninguno de los publicados. Eso es advertimiento o elegancia, ¿verdad?. “No, Enrique, es que la gente no puede estar todo el día enganchado al FB y a toda red social que se precie de serlo, como tú haces, y eso no se lo puedes reprochar a nadie”. Bueno, yo solo lo hago para que se den cuenta que sus comportamientos virtuales y las nuevas TIC son inherentes a su vida profesional, a la de este siglo. Deben vivir enganchadas a ellas o hacerse  monjes de clausura. Hay que saber usarlas, eso sí, pero hay que llevarlas encima, usarlas con inteligencia y sin remilgos. Nada de juegos, ni de hacerse el progre diciendo tonterías a los amigos al respecto de sus adicciones, las nuevas tecnologías son nuestro vehículo hoy hacia las relaciones con nuestros congéneres, sin remedio de clandestinidad alguna. No basta con parecer progre, hay que serlo y mucho.

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