08 diciembre 2012
Me encantaba pasearme por Las Ramblas, sentarme en una de ellas y tomarme unos calamares a la romana y sentir su olor, el ruido de las gentes al pasar y respirar el humo del “Entrefinos” de mi admirado Agustín. Si la mesa estaba en en la Plaza Real, corrías el riesgo de que mamá acabara con un disgusto terrible pues las palomas hacían estragos en mis prendas de abrigo. Un Trinaranjus o un agua de Vichy, era todo mi botín aparente, pero esos maravillosos ratos en esas terrazas aún pasan por mi imaginación como algo que me encantaría revivir.
Anoche, en un intento de volver al pasado, acabé renegando de su existencia o de algo más. Dos de la madrugada y los chavales de 40 se apostan en las terrazas de Castaños, de la Gran Vía y de cualquier céntrico lugar, expulsando humos como cafeteras y ruidos como masa vulgar, todo ello para mayor inri de los vecinos de los balcones cercanos. Estas son las mismas terrazas de entonces pero ha cambiado la hora y el hábito, ahora todo son humos y vociferio alcohólico. ¿Enrique, te has quitado el gaes? – “Si, cariño, así es mucho más romántico. Lástima que no pueda ponerme mi máscara de oxígeno”. Los tiempos cambian, pero, afortunadamente, nuestros recuerdos, no.

Jajajajaaaa...me ha encantao lo del gaes, jejeje (me veo muy pronto con uno, jajaja).
ResponderEliminarNada que objetar, amigo Antonio, son tus tiempos. Lo que será, sin duda, es que me estoy haciendo viejo. Un abrazo amigo y, ah, no dejes de fomentar corrillos en el ambiente que sea, ya sabes, hablando se entiende la gente y las tertulias es una buena manera de hacer patria.
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