14 diciembre 2013
No estaba en ninguna parte, el camino había desaparecido y el cielo también. Palpaba sobre la tela de mi camisa y mis dedos se hundían en ella. Desnudo y sin el más mínimo frío. Un fuego lejano y un olor a tierra mojada, como único vestigio de naturaleza muerta, me hacían sentir inútil y esclavo de mi verdad. No sentía las piernas y masturbaba mis sienes con la idea de controlar el vuelo. Mis dedos se metían en mis venas sin sangre cuando comencé a verla. Desnuda, entre velos y recitando un verso en un idioma impronunciable. Era ella otra vez. Sabía que me llamaba pero no la quería oír. Ella rompía su velo y me tendía la mano … Me desperté, empapado en sudor y mi cuerpo al punto del hielo. Algo hizo que me despertara y con ello conseguí que no pueda ni olvidarlo, ni olvidarla. Lo más extraño es que, siempre, que algo así me pasa, me dicen que es por culpa de haberme “administrado” una cena copiosa, pero ayer, curiosamente, no cené.

Gracias, amigo Antonio. Celebraré perderla de vista pero últimamente se está poniendo muy pesada y aparece muy a menudo. Haré como dices, elevaré el corazón.
ResponderEliminarQUIZÁS LO HAGA, ARGY, JAJAJA.
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