22 marzo 2014
Su hija, la de mamá y que es también la mujer de mi amigo cafetuliano, trabaja en el Ayuntamiento y es un encanto de mujer, mi amigo está callado, sorbiendo el café mientras deja la mirada en el infinito. Al rato, mi amigo se arranca tras un titubeo inicial y lo hace con un lamento que me ha sonado, mas o menos, así:
“Mi yerno está trabajando con el Empresario del año y de un momento a otro espera el despido pues sabe que la Generalitat no paga las obras y su jefe para, sin decirlo, las obras o las ralentiza mientras no cobre. La cosa está muy joía, Enrique, pero vivo como Dios, cierro los ojos y hago como si no pasara nada pues nada puedo hacer, mi mujer va por allí, por la casa de la niña, les cuida los niños y les llena la nevera, yo les llevo por la mañana al colegio, pues los dos entran a las ocho de la mañana y los niños a las nueve, por la tarde es ella, mi mujer, la que los recoge, les da de comer, los entretiene y yo me pongo a jugar con ellos y disfruto como un enano, y, yo, Enrique, que quieres que te diga, yo soy feliz. Si tuvieran mas dinero o les fuera mejor todo, se habrían marchado a Madrid que es donde él, mi yerno, quería que le destinaran como Jefe de Grupo de una importante obra que la empresa quería adjudicarse allí. Ahora no tendría nietos, ni hijos, estaríamos solos o a saber qué, por contra ahora mi vida está llena de alicientes. Da pena cuando les oigo hablar, pero creo que hasta son felices, se han acostumbrado a este tiempo y hasta les veo bien, se quieren y lo aparentan, están tristes por la crisis, pero no les veo agobiados. Esta noche se irán de marcha y nosotros nos quedaremos con los niños. Así es mi vida, Enrique y no me quejo”
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Sí, detalles, ese es un buen deseo y muy generalizado. Los abuelos sostienen a un tercio de las economías familiares de este País. Ay, dios mío. Feliz noche.
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